Mostrando entradas con la etiqueta Arte cubano de los 90. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arte cubano de los 90. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de julio de 2011

TRAS LA SONRISA PINTADA DEL PAYASO

Angel Alonso nos envía este hermoso homenaje a Pedro Álvarez (La Habana, 1967 - Arizona, 2004) y a su obra extraordinaria.



Al pasado no regresaremos jamás es la frase que se lee en la pancarta al fondo del maquillado automóvil, el que está junto a la mulata de Landaluze. Atrás hay varias banderas -también la de los Estados Unidos- y se puede ver la imponente Puerta de Brandeburgo.

Re-contextualización de citas heredadas de la Historia del Arte, mofa, reciclaje e intertextualidad en todos los sentidos, edifican la obra de Pedro Álvarez. El sarcasmo que habita en sus representaciones pictóricas no salió, como pudiera parecer, de una suma de apropiaciones, se trata de una ecuación más compleja y que tiene su origen en sus primeras experiencias profesionales: aquellos paisajes de pequeño formato en tempera sobre cartulina que bajo la influencia de Edward Hooper representaban esa Habana de edificios disímiles aglomerados.

De aquella temprana exposición de Calzada y 8 el cuadro que más conmovió a algunos de sus colegas fue aquel donde asomaba un camión de policía aplastando una rosa. Digo algunos, porque la mayoría tildaron la exposición de conservadora y no desentrañaron la perspicacia de aquellos paisajes. Se trataba de un momento histórico en el que el paisaje estaba proscrito, tuviese la intención que tuviese, y que la pintura de caballete en general se consideraba erróneamente un atraso ante la avalancha de instalaciones que poblaban las galerías. Pedro, ante las diatribas, salió de la galería con los ojos mojados por su sensibilidad pero, osadamente convencido de lo que estaba forjando, repetía Yo pinto lo que yo siento, yo pinto lo que yo siento como si su máxima fuese un mantra, tropical y emotivo.

Pero es sabido que por más que surjan nuevos lenguajes los anteriores no desaparecen, y siguiendo aquel axioma del eterno retorno enarbolado por Nietzsche, las obsesiones sobre la supuesta muerte de la pintura se vieron anuladas ante el movimiento pendular de los procesos históricos. Una vez más, aunque bajo diferentes preceptos, el arte pictórico se rejuvenecía y la obra de Pedro Álvarez pudo promoverse a dimensiones insospechadas para los que la habían considerado condenada al olvido o fuera de moda.

Carlos Alberto García de la Nuez, su profesor de pintura en San Alejandro, sí vislumbraba lo que estaba aconteciendo en aquel particular modo de expresarse a través del paisaje. A pesar de que Carlos ya comenzaba a pintar abstracto existía un vínculo interno entre el modo de manchar de Pedro y su maestro, sobre todo en cuanto a la ecualización de los tonos grisáceos y aquella manera compacta de disponer los diferentes elementos en el espacio y relacionarlos; un modo de concebir la estructura formal que ambos tenían en común, aún cuando estaban muy lejos de parecerse los resultados. Luego Pedro se desprendió de esa influencia y hasta de la de Hooper, atendiendo mucho más conscientemente a Landaluze y haciéndolo coexistir con automóviles de los años 50.

Valiéndose de la mezcla de personajes históricos, de iconos emblemáticos de diferentes culturas envueltos en el paisaje de la campiña cubana, creaba un ambiente un tanto ridículo, absurdo, carnavalesco y turístico al mismo tiempo. Hay en estas obras ya más maduras un juego con el souvenir, con la representación superficial, que causa una gran extrañeza e incomodidad al espectador.

No ha sido estudiada la obra de este artista todo lo que amerita. La buena reputación de estar en colecciones como el Museo Andaluz de Arte Contemporáneo en Sevilla o el Arizona State University Museum of Art en Tempe, Arizona, por sólo nombrar algunas, o incluso el hecho de estar en el Museo Nacional de Bellas Artes, no es suficiente para lo que debería conocerse y difundirse su obra. Hay artistas de las nuevas generaciones que vagamente lo conocen; no se nombra ni se cita frecuentemente, es un artista al que no se le recuerda ni se le hacen homenajes, a pesar de haber desaparecido a la temprana edad de 37 años dejando una obra madura, imponente y muy representativa del pensamiento latente en su generación.

El camino transitado salta a la vista por su coherencia, siempre en ascenso y sin rupturas violentas, muestra de que sentía plena seguridad en cuanto a lo que quería hacer y a cómo lo quería hacer. Era un artista muy libre en ese sentido, no le interesaba impresionar al espectador ni a los críticos ni adherirse a fórmula alguna que proporcionase garantías de éxito; no le importaba que los demás artistas de su generación estuviesen investigando otros medios como la instalación y tampoco se hubiese sentido fuera ahora por no realizar video arte; hacía simplemente lo suyo, lo que sinceramente manaba de su sensibilidad y su transparencia, y lo hacía intensa y pacientemente al mismo tiempo.

Sus cuadros se pueblan de íconos culturales y políticos que, al conectarse, desencadenan en el espectador lecturas desmitificadoras. Ridiculizaba los radicalismos utópicos y a sus representantes. Si bien la utopía es inherente al género humano no es menos cierto que suele revertirse en su contra, sobre todo cuando tales discursos utópicos son falsos y utilizados como instrumentos de dominación. Pedro delata esta doble moral a través de su iconografía, donde el absurdo juega un papel importante en la desacralización de los procesos ideológicos a los que alude.

No olvidemos que estas obras se realizaron en los años 90, en aquel momento histórico en que la caída del muro de Berlín sacudió al mundo y los jóvenes soviéticos -que ya dejaban de serlo- comenzaron a montar patineta en la Plaza Roja sin que la policía se lo prohibiera. Por supuesto, la alegría de desembarazarse de cualquier orden impuesto trae como consecuencia el descreimiento ante todo discurso moralista que huela a dogma. Pero este artista, aunque alcanza la madurez en medio de la indiferencia de los 90, fue parte también de una generación (la de la segunda mitad de los 80) que participó muy activamente en los problemas sociales de su tiempo.

Pareciera que mientras más radical se torna el pensamiento de un período histórico el siguiente se opone con igual fuerza a este. Hay un balance natural que hace que vayamos de un extremo al otro y este constante retorno se hace visible en el terreno del arte. Pero como individuos participamos en nuestras vidas de diferentes momentos en el tiempo, notamos que luego de las quietudes vienen las tormentas arrasando con el sosiego y viceversa. El idealismo siempre regresa, y la indiferencia también -aunque ahora se esté extendiendo mucho.

Pero más que un idealismo, se trataba en su caso de un alto sentido de la justicia. Recuerdo con admiración a aquel Pedrito de la Escuela Elemental de Artes Plásticas que desafió con tremenda galleta -bofetada cubana- a otro pichón de artista de los ´80 (uno hoy casi olvidado pero muy prominente en su tiempo, más como organizador de exposiciones que como artista), por haber abusado de otro alumno más indefenso.

Sin duda Pedro desmantela los idealismos a través del sarcasmo, pero tras el humor sus pinturas denotan un profundo dolor. Sí, hay un chiste, no lo negamos, pero se trata de un chiste dramatizado, no se trata de cuadros alegres, hay algo lúgubre en ellos, lo demuestra el tratamiento de las imágenes, hay una aureola oscura en el paisaje, hay una generalizada tristeza en los personajes, sean turistas o nativos, estén bailando o en la playa. Es un error quedarnos en la primera lectura, porque tras la sonrisa pintada del payaso puede haber una mueca donde las comisuras de los labios apunten hacia abajo.

Angel Alonso

(Junio/2011)

sábado, 13 de febrero de 2010

PASSAGE / Osvaldo Yero

Curated by Charo Neville
Presented as part of Bright Light by Access Gallery
13 February - 20 March, 2010

Access Gallery is pleased to present a new work by Osvaldo Yero as part of Bright Light: a temporary public art project commissioned by the City of Vancouver that involves fourteen local art organizations. Guest curated by Charo Neville, Passage is one of a series of cultural projects that will be on view through the months of February and March along the Carrall Street Greenway in the Downtown Eastside. Yero's project will be visible from the street during the day through the window of Access Gallery.

Peering through a revealed slot in the otherwise darkened window the viewer will experience intense flashes of light, created by flickering LED lights which momentarily highlight knife blades set against a black backdrop in a completely darkened room. The brief beams of light on the spikes of metal suggest the reflection of light created from a lighthouse beacon, announcing a vast dark sea. Engaging the individual senses, yet disorientating the viewer and evoking the feeling of being alone in the middle of a dark ocean at night, the work offers a sense of solitude within the public space of the street. Its contrasting beauty and brutality also incites inevitable reflections about violence and self-preservation in the marginalized neighbourhood in which the work is situated.

As an immigrant to Canada from Cuba, Yero has consistently been concerned with themes that relate to his experience as part of the growing Cuban diaspora. Since living in Canada, Yero still frequently visits his
homeland, where many of his family and friends continue to live with limited possibilities to leave. Like the paradoxical freedom and panic that swimming in a wide dark ocean may induce, Cubans are legally bound to their country, which is both home and prison. Many who try to escape across the ocean do not survive, or arrive on the other side only to be returned. The metaphor of death prevails in Yero's practice. The title of the work, Passage, reflects these ideas water is evoked as the dual possibility of freedom and death.

This new work also addresses myriad issues of integration and dislocation facing immigrants to a new country. Exhibited during a global event promoting nationalistic pride through marketing terms such as "dream," "discover," and "celebrate," the installation in turn speaks to the underlying complexities of these utopic ideals.

This project will also include a forthcoming exhibition catalogue, to be published by Access Gallery, in collaboration with the artist and the curator.

Access Gallery gratefully acknowledges the Canada Council for the Arts, BC Arts Council, City of Vancouver, the 2010 Legacies Now's program, Innovations, our members and volunteers. Access is a member of the Pacific Association of Artist Run Centres.

lunes, 4 de mayo de 2009

MONOS y BANANAS, TOTEM y TABÚ

Esta narrativa se encuentra publicada en diversos sitios web y aplicada a las más disímiles situaciones: desde el marco corporativo hasta el panorama socio-político de alguna nación. No sé hasta qué punto refiera un experimento científico real o sea una más de las tantas "leyendas urbanas" que pululan en la Red. Luego de reelaborar mi propia versión -cualidad inherente a todo mito- me gustaría compartirla como posible metáfora de la tropelosa sustitución de la generación artístca de los 80 por la de los 90 en Cuba, proceso en que lo primero que quedó claramente establecido fue lo que no se podía hacer.


Tenemos cinco monos en una habitación. Del techo cuelga un racimo de bananas, debajo de este se ha colocado una escalera. Enseguida uno de los monos sube las escaleras en pos de las bananas. Sin llegar a mitad de la escalera, todos los monos son rociados con agua helada. Eso detiene al mono pero al rato, otro lo vuelve a intentar con igual resultado: todos los monos son rociados con el agua helada. Cuando el proceso se repite un par de veces más, los monos ya están advertidos y si alguno de ellos quiere intentarlo, los otros lo detienen, usando incluso la fuerza.

Llegado este punto, retiramos uno de los monos y lo sustituimos por uno nuevo (que no recibió el baño de agua helada). Este ve las bananas y automáticamente trata de subir la escalera. Para su horror, todos los otros monos lo atacan para impedir que incurra en la violación de la regla. Tras un par de intentos el nuevo mono aprende: si intenta subir por las bananas es golpeado sin piedad. Luego se repite el procedimiento, sustituyendo un segundo mono de los que fue bañado por otro nuevo. Cuando el recién llegado va hacia las escaleras, el proceso se repite: apenas la toca es atacado masivamente. Incluso el mono que había entrado antes que él (que no había sufrido del agua helada) participa del episodio de violencia con gran entusiasmo. Un tercer mono es reemplazado y cuando toca la escalera los otros lo golpean, aun cuando dos de ellos no tienen ni idea de por qué no se puede subir la escalera. Finalmente se reemplaza un cuarto mono y luego el quinto, único que quedaba del grupo original que sufriera el episodio del agua helada. Una vez que el último mono intenta subir a tomar las bananas y es golpeado furiosamente por los otros, queda establecida la regla: Esa es un acción tabú, quien osa intentarla se expone a una dura represión, aun cuando no sepan por qué.

El Destierro de Calibán, por Iván de la Nuez

    El Destierro de Calibán Iván de la Nuez 1996 I «Los cubanos harían bien en ser afrancesados .» Así habló Sartre. Fu...