domingo, 10 de julio de 2011

TRAS LA SONRISA PINTADA DEL PAYASO

Angel Alonso nos envía este hermoso homenaje a Pedro Álvarez (La Habana, 1967 - Arizona, 2004) y a su obra extraordinaria.



Al pasado no regresaremos jamás es la frase que se lee en la pancarta al fondo del maquillado automóvil, el que está junto a la mulata de Landaluze. Atrás hay varias banderas -también la de los Estados Unidos- y se puede ver la imponente Puerta de Brandeburgo.

Re-contextualización de citas heredadas de la Historia del Arte, mofa, reciclaje e intertextualidad en todos los sentidos, edifican la obra de Pedro Álvarez. El sarcasmo que habita en sus representaciones pictóricas no salió, como pudiera parecer, de una suma de apropiaciones, se trata de una ecuación más compleja y que tiene su origen en sus primeras experiencias profesionales: aquellos paisajes de pequeño formato en tempera sobre cartulina que bajo la influencia de Edward Hooper representaban esa Habana de edificios disímiles aglomerados.

De aquella temprana exposición de Calzada y 8 el cuadro que más conmovió a algunos de sus colegas fue aquel donde asomaba un camión de policía aplastando una rosa. Digo algunos, porque la mayoría tildaron la exposición de conservadora y no desentrañaron la perspicacia de aquellos paisajes. Se trataba de un momento histórico en el que el paisaje estaba proscrito, tuviese la intención que tuviese, y que la pintura de caballete en general se consideraba erróneamente un atraso ante la avalancha de instalaciones que poblaban las galerías. Pedro, ante las diatribas, salió de la galería con los ojos mojados por su sensibilidad pero, osadamente convencido de lo que estaba forjando, repetía Yo pinto lo que yo siento, yo pinto lo que yo siento como si su máxima fuese un mantra, tropical y emotivo.

Pero es sabido que por más que surjan nuevos lenguajes los anteriores no desaparecen, y siguiendo aquel axioma del eterno retorno enarbolado por Nietzsche, las obsesiones sobre la supuesta muerte de la pintura se vieron anuladas ante el movimiento pendular de los procesos históricos. Una vez más, aunque bajo diferentes preceptos, el arte pictórico se rejuvenecía y la obra de Pedro Álvarez pudo promoverse a dimensiones insospechadas para los que la habían considerado condenada al olvido o fuera de moda.

Carlos Alberto García de la Nuez, su profesor de pintura en San Alejandro, sí vislumbraba lo que estaba aconteciendo en aquel particular modo de expresarse a través del paisaje. A pesar de que Carlos ya comenzaba a pintar abstracto existía un vínculo interno entre el modo de manchar de Pedro y su maestro, sobre todo en cuanto a la ecualización de los tonos grisáceos y aquella manera compacta de disponer los diferentes elementos en el espacio y relacionarlos; un modo de concebir la estructura formal que ambos tenían en común, aún cuando estaban muy lejos de parecerse los resultados. Luego Pedro se desprendió de esa influencia y hasta de la de Hooper, atendiendo mucho más conscientemente a Landaluze y haciéndolo coexistir con automóviles de los años 50.

Valiéndose de la mezcla de personajes históricos, de iconos emblemáticos de diferentes culturas envueltos en el paisaje de la campiña cubana, creaba un ambiente un tanto ridículo, absurdo, carnavalesco y turístico al mismo tiempo. Hay en estas obras ya más maduras un juego con el souvenir, con la representación superficial, que causa una gran extrañeza e incomodidad al espectador.

No ha sido estudiada la obra de este artista todo lo que amerita. La buena reputación de estar en colecciones como el Museo Andaluz de Arte Contemporáneo en Sevilla o el Arizona State University Museum of Art en Tempe, Arizona, por sólo nombrar algunas, o incluso el hecho de estar en el Museo Nacional de Bellas Artes, no es suficiente para lo que debería conocerse y difundirse su obra. Hay artistas de las nuevas generaciones que vagamente lo conocen; no se nombra ni se cita frecuentemente, es un artista al que no se le recuerda ni se le hacen homenajes, a pesar de haber desaparecido a la temprana edad de 37 años dejando una obra madura, imponente y muy representativa del pensamiento latente en su generación.

El camino transitado salta a la vista por su coherencia, siempre en ascenso y sin rupturas violentas, muestra de que sentía plena seguridad en cuanto a lo que quería hacer y a cómo lo quería hacer. Era un artista muy libre en ese sentido, no le interesaba impresionar al espectador ni a los críticos ni adherirse a fórmula alguna que proporcionase garantías de éxito; no le importaba que los demás artistas de su generación estuviesen investigando otros medios como la instalación y tampoco se hubiese sentido fuera ahora por no realizar video arte; hacía simplemente lo suyo, lo que sinceramente manaba de su sensibilidad y su transparencia, y lo hacía intensa y pacientemente al mismo tiempo.

Sus cuadros se pueblan de íconos culturales y políticos que, al conectarse, desencadenan en el espectador lecturas desmitificadoras. Ridiculizaba los radicalismos utópicos y a sus representantes. Si bien la utopía es inherente al género humano no es menos cierto que suele revertirse en su contra, sobre todo cuando tales discursos utópicos son falsos y utilizados como instrumentos de dominación. Pedro delata esta doble moral a través de su iconografía, donde el absurdo juega un papel importante en la desacralización de los procesos ideológicos a los que alude.

No olvidemos que estas obras se realizaron en los años 90, en aquel momento histórico en que la caída del muro de Berlín sacudió al mundo y los jóvenes soviéticos -que ya dejaban de serlo- comenzaron a montar patineta en la Plaza Roja sin que la policía se lo prohibiera. Por supuesto, la alegría de desembarazarse de cualquier orden impuesto trae como consecuencia el descreimiento ante todo discurso moralista que huela a dogma. Pero este artista, aunque alcanza la madurez en medio de la indiferencia de los 90, fue parte también de una generación (la de la segunda mitad de los 80) que participó muy activamente en los problemas sociales de su tiempo.

Pareciera que mientras más radical se torna el pensamiento de un período histórico el siguiente se opone con igual fuerza a este. Hay un balance natural que hace que vayamos de un extremo al otro y este constante retorno se hace visible en el terreno del arte. Pero como individuos participamos en nuestras vidas de diferentes momentos en el tiempo, notamos que luego de las quietudes vienen las tormentas arrasando con el sosiego y viceversa. El idealismo siempre regresa, y la indiferencia también -aunque ahora se esté extendiendo mucho.

Pero más que un idealismo, se trataba en su caso de un alto sentido de la justicia. Recuerdo con admiración a aquel Pedrito de la Escuela Elemental de Artes Plásticas que desafió con tremenda galleta -bofetada cubana- a otro pichón de artista de los ´80 (uno hoy casi olvidado pero muy prominente en su tiempo, más como organizador de exposiciones que como artista), por haber abusado de otro alumno más indefenso.

Sin duda Pedro desmantela los idealismos a través del sarcasmo, pero tras el humor sus pinturas denotan un profundo dolor. Sí, hay un chiste, no lo negamos, pero se trata de un chiste dramatizado, no se trata de cuadros alegres, hay algo lúgubre en ellos, lo demuestra el tratamiento de las imágenes, hay una aureola oscura en el paisaje, hay una generalizada tristeza en los personajes, sean turistas o nativos, estén bailando o en la playa. Es un error quedarnos en la primera lectura, porque tras la sonrisa pintada del payaso puede haber una mueca donde las comisuras de los labios apunten hacia abajo.

Angel Alonso

(Junio/2011)

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