martes, 2 de octubre de 2012

ANABAH, Novela de Carlos Michel Fuentes

Me complace invitar a todos los que estén en Valencia, España el próximo 5 de octubre a la presentación de esta nueva obra del artista visual, pelotero y escritor Carlos Michel Fuentes. Con su autorización les comparto el primer capítulo para que queden atenazados con su garra narrativa y no dejen de comprarla.


Es un bote amarillo, una especie de canoa, lo compré a un magnífico precio, supongo, pero da
igual, hace mucho que deseaba estar así como ahora, solo, explorando. En silencio. Es un bote
nuevo, plástico, hubiese preferido uno de madera, con una vieja pintura, con sus remos gastados,
con marcas, con signos, con nombre de mujer. Lo compré en Dicks el sábado en la tarde, la tienda
estaba a punto de cerrar, el vendedor tenía un parecido increíble con un antiguo marido de mi
madre que trabajaba en la Cruz Roja, pero es poco probable que se tratase de la misma persona. El
agua está helada, no muy lejos de mí una piedra sobresale, redonda, oscura. Quizás un indio oculto
esperando a un incauto pato. Me siento bien. Mientras remo miro a la otra orilla, no hay casas a lo
lejos, ni trozos de tela enganchados en las ramas. Estoy solo. No sé adónde me llevan estas aguas y
me río, escucho mi propia risa y tengo una sensación extraña. Es una especie de carcajada
desconocida, sobreactuada, me siento bien con ese otro tipo que se ríe tan diferente a mí. Canto un
pedacito de “¡Oh vida!”. Traigo conmigo una botella de vino, agua, pan, un saquito con almendras
y una bolsa de plástico donde puse las llaves y la billetera con mis documentos; el bote tiene un
compartimento muy bien ubicado, hermético, bastante amplio, donde todo se mantiene fresco y
protegido, no necesito más. Cuando dejo de remar se detiene lentamente, la corriente es suave, casi
imperceptible. Ayer Sebastián hablaba dormido, protestaba por algo, me acerqué y lo cubrí con una
sábana. A menudo habla dormido. Es muy caluroso. Luego revisé una a una las puertas de la casa,
me aseguré de que estuviesen bien cerradas, alumbré el patio con la linterna, la casita de los perros,
los árboles y el banco. Llovía un poco, pude ver la lluvia caer dentro del haz de luz de la linterna,
así jugué un rato, como un farero solitario. Hoy no creo que llueva, aunque no me importaría que lo
hiciera, seguramente la lluvia alborotaría a las ranas. Ya veremos. Si me salen ampollas en las
manos tendré que quitarme la camisa y enrollármela. Debería haber traído unas curitas o algo.
Nunca he sido un hombre previsor. ¿Por qué saldrán las ranas de sus agujeros cuando llueve? ¿Qué
les despierta? ¿Qué les excita? ¿Por qué forman tanto alboroto? Por la proa de mi bote ahora está
trepando una, emerge del agua, sigilosa, es una rana muy vieja y rechoncha, no le resulta fácil la
escalada. Al fin se detiene justo frente a mí, recoge sus patas sin dejar de mirarme y se sacude como
lo hacen los perros, salpicándome en la cara. Le grito algo; quiero pegarle con el remo, tirarle un
puñado de sal, la amenazo, la insulto. Dejo de remar para secar mis gafas, ella se disculpa, ríe y me
contagia con su risa que cada vez se vuelve más sonora, más vulgar, más incontrolable, más
conocida. El tronco de un árbol caído está atravesando el río, sus ramas moribundas se esconden en
el agua formando una cortina de hojas y palos atascados; hay algo muerto allí, debe ser un pato
arrastrado por la corriente, trataré de evitarlo. Debo haber recorrido ya una buena distancia, las
orillas se han alejado de mí y el agua se ha vuelto más oscura y profunda. Pasa un avión y, dentro
de él, una niña que viaja junto a su madre dibuja una rayita amarilla sobre un río azul en su
cuaderno; dice que es un pescador con mucha suerte, que ha atrapado muchos peces, luego el
dibujo se va poblando de casas y de caminos y hasta de un barco mercante con chimeneas
humeantes, finalmente el avión desaparece dentro de una nube de agua y de crayola. Hoy cumplo
cuarenta años. Recojo agua en mi botella vacía, el agua está limpia aquí. Me pareció ver a un pez
perderse coleteando bajo el bote, otro saltó fuera del agua un poco más allá, debe haber capturado
algún insecto, si no para qué iba a salir del agua un pez, ¿con qué objetivo? Probablemente sea este
un buen lugar para pescar, no lo sé, odio pescar, ir de pesca; ahora hay espacios con sombra y
grandes piedras junto a las orillas. ¿Cómo es posible que Nelsito congelara al perro de su madre?
Quiero decir, ¿cómo pudo prender el televisor, prepararse un sándwich y una limonada mientras el
perro se congelaba dentro del refrigerador? Realmente se necesita mucha sangre fría. Hay una soga
delgada que bordea al bote ensartándose por unas argollas de acero colocadas a un pie de
separación una de otra; desde que vi el bote por primera vez en el catálogo que llegó por correo, me
pregunté cuál sería exactamente la función de esa cuerda, no lo sabía pero me gustaba que la
tuviera; debí averiguar con el vendedor, salir de dudas, pero no lo hice, ¿qué más da? Creo que no
sirve para nada. Una caña de pescar sería un real estorbo aquí, una cajita con señuelos, una lata con
gusanos, ¿dónde pondría todo eso?, y si pescara ¿qué haría con el pez? A los héroes se les recuerda
sin llanto. Las orillas vuelven a estrecharse. Relampaguea. Tanto tiempo dentro de la bañadera ha
hecho que el agua palidezca y agriete la punta de mis dedos y me ha abierto el apetito. El
resplandor del sol justo sobre la pantalla, sobre los ojos de los mosqueteros. Alguien cubre la
ventana con la capa. La punta de la espada de uno de ellos abre un surco sin querer sobre la arena
de gofio y azúcar. Las hormigas se están volviendo locas. En un banco muy largo esperan el tren
unos amigos, son bastante jóvenes, yo diría que no pasan de los dieciséis años, dos de ellos están
leyendo del mismo libro, el más alto desliza su índice sobre las palabras mientras lee en voz baja, el
otro escucha atentamente; tienen las piernas extendidas sobre un enorme bulto de mochilas apiladas
unas sobre otras, sin orden, el suelo está muy sucio, hay colillas de cigarros por todas partes,
papeles, manchas de aceite; afuera está amaneciendo, siento un poco de frío, la farola que
alumbraba el andén aún sigue encendida, su luz, que hasta hace poco era potente y densa, se ha
vuelto triste, ridícula, transparente. Las mariposas que revoloteaban sobre ella se han ido, se han
ocultado o se han muerto, dicen que no tienen una larga vida las mariposas; otro de los jóvenes está
enrollando la cinta de un casete, le da vueltas sobre su dedo como un eje, luego unos golpecitos
contra su muslo, saca un cigarro del bolsillo y se lo engancha detrás de la oreja; debe haberse
arrepentido de encenderlo; por un momento se cruzan nuestras miradas. Otros juegan a las cartas y
fuman de una misma pipa. Tengo los zapatos gastados, no son tan viejos pero ya se ven muy
gastados. No parecen malos muchachos. Hay un fuerte olor a lluvia, todo ha sucedido demasiado
rápido, aparecieron los relámpagos a lo lejos y ahora el cielo se ha puesto gris y oscuro, las
primeras gotas hacen un sonido seco al caer sobre el plástico. Parecen piedras. Nadie anunció
lluvia, ni siquiera probabilidades de lluvia. A cada lado de mi bote hay un letrero “Wilderness
Systems”. Dejo de remar. Los peces no conocen la sensación de la lluvia sobre el cuerpo. ¿Será éste
el gran río que me conducirá al mar o sólo un engañoso afluente sin salida? Yo siempre tuve el mar
a mano, cuando quería, cuando lo necesitaba un poco, iba hacia él, sin intermediarios, era fácil,
estaba cerca, ahora no, de todas formas sería diferente. Aquel mar olía demasiado fuerte.
Demasiado perfume; empalagoso olor a sal y a petróleo. No sé. Hace rato que navego y a ambos
lados se repite casi idéntico el paisaje, voy sorteando algunas piedras que sobresalen del agua. La
rueda de un carro desmorona una mancha de aceite sobre un charco, la arrastra consigo, se diluyen,
desaparecen. El agua es tan clara ahora que puedo ver perfectamente el fondo del río. No es muy
profundo aquí. Extiendo la camisa sobre el bote, tomo un poco de pan y de vino. Quizás debería
estar ahora alrededor de la mesa, apagando de un soplo y para siempre las velitas ardientes de todo
mi pasado, invocando a mi dios de cada año, de azúcar y de merengue, suplicando por un poco de
salud para mis hijos, por paz y suerte para mí, para nosotros. Está ladrando Diego en el jardín y el
silencio de la casa y sus rincones se llena de su voz de perro; es un perro epiléptico, en una ocasión
lo creí muerto y estuve a punto de enterrarlo pero se recuperó y de repente se puso en pie como si
nada hubiese pasado, rellené nuevamente el hueco de tierra, di unos pasos en círculo sobre él y
guardé la pala en el garaje. No sé exactamente cuántos años tiene, apareció un día en mi puerta,
muerto de sed, jadeando; esperé un tiempo que alguien viniese a reclamarlo pero nadie apareció;
supongo que se deshicieron de él a causa de sus enfermedades. También tiene un problema en las
articulaciones y un gusano en el corazón. Pero es un buen perro. La lluvia de alguna manera me ha
unido más a este río, no quisiera separarme de él, me siento cómodo aquí: nadie hace preguntas;
simplemente dejamos que las cosas sucedan, como debe ser, de alguna manera me siento
reconfortado atado al silencio, a la sombra de este río. Un pájaro ha muerto; su vuelo alocado se
detuvo justo en el cristal de mi ventana; ahora y visto así de cerca parece mucho menos colorido.
Una antigua postal llega a mi bote, viaja a contracorriente envuelta en un pañuelo blanco, sobre una
flor de loto, el tiempo ha borrado la fecha y los miles de besos que dejó el amor en una esquina; un
caballero vestido de militar pilota una avioneta pequeña. Pero sólo es real aquí el timón que el
militar tiene en sus manos, la avioneta con sus estrellas en las alas, el faro a lo lejos y las gaviotas
sobre el mar no son más que una ilusión, todo está extraordinariamente pintado sobre un panel de
madera entre dos banderolas de damasco.
ni la aurora te ha visto llorar
ni la noche te ha oído gemir
porque tú nunca supiste amar
a quien tanto has hecho sufrir
El río comienza a zigzaguear. He perdido un botón de mi camisa, lo busco dentro del bote pero no
lo encuentro, debo haberlo extraviado un poco más atrás durante la lluvia; de todas formas nada
podría hacer ahora si apareciese. No sé cómo los pintores dicen ver tantos colores en La Habana, no
les creo, los he visto pararse frente a una hilera de fachadas grises y señalar uno a uno los cientos de
colores que aseguran ver, columnas rosadas, balcones púrpuras, techos amarillos, cornisas azules,
he visto sus cuadros atiborrados de colores, no es que nadie me lo haya contado, yo los he visto; la
ceniza teñida de ilusión y circo, la ceniza resurgiendo de su propia ceniza. No puedo creerles, todo
esto no es más que un puro cuento. Un mosquito está sobre mi mano, prepara su aguijón, lo clava
lentamente. Se alimenta. Su cuerpo se va hinchando de mi sangre, ahora es un mosquito gordo y
satisfecho, sale volando sobre el agua. ¿Qué más da perder un poco de sangre? Creo que ha tenido
suerte de encontrarme por aquí. Bien por él. Mi sangre es compatible con cualquier otra, sin
embargo, en caso de necesidad, sólo me serviría una sangre igual que la mía. La mujer saca un
barquillo de una caja de cartón, se ayuda de un vasito metálico para no tener que tomarlo con su
mano directamente, seguramente así se lo exige Salud Pública, por higiene; aunque no creo que
nadie se quejase si no lo utilizara; ni siquiera lo notarían, está sentada sobre una banqueta muy alta;
comienza la función: con una mano empuja la palanca y de la máquina sale en cámara lenta un
chorro rosado y denso de helado que se va enroscando sobre un eje imaginario en el barquillo,
cinco vueltas completas que se afinan hasta la despedida final, una y otra vez, cientos de veces,
domingo tras domingo; mis zapatos se pegan al suelo. Golpear, morder, chupar. Golpear, morder,
chupar.
No podría decir que es un río hermoso, al menos no lo que tradicionalmente entendemos por
hermoso, un lugar donde inevitablemente se detendrían los pintores con sus livianos caballetes. Da
la sensación de ser un río abandonado, detenido, una corriente adormecida y lela; de no ser porque
he visto ya más de un pez y hasta una tortuga asomar la cabeza sobre el agua podría pensar que no
hay vida en él, que es un río muerto y enterrado, como un viejo y cansado cine que abre sus puertas
sólo para mí. Tengo las piernas acalambradas. Escupo sobre el agua. Presiento que si gritara ahora
mi voz retumbaría sobre el paisaje, rebotando de orilla a orilla hasta desaparecer para siempre. No
sé cómo, pero puedo presentir el eco. Me pregunto cuántas veces hemos permanecido callados en
sitios así, sin darnos cuenta, ajenos a todo, en silencio, desperdiciando tanta magia. Un espejo frente
a otro espejo, muevo un poco la cabeza, busco el ángulo preciso y ahí está mi perfil, desconocido y
siniestro. Los espejos no mienten: una cola de lagartija mentándome mi madre, una mariposa en un
pomo de cristal, un nido de gorriones dentro de la bodega, un pececito irremediablemente pálido
flotando en la pecera, una fatal premonición, una mosca, una visita, un marinero en tierra, unas
maletas, un mosquitero, ratones en los cables, ambo y terno. Hace ya un buen rato que noto que
alguien me persigue, puedo verlo entre los árboles, camina sobre sus manos sorteando piedras,
troncos e insectos con total naturalidad, no parece cansado aunque desde aquí puedo ver las marcas
redondas de sudor en sus axilas; no me atrevo a mirarlo de frente, mucho menos arrimaría el bote a
la orilla para decirle algo; después de todo no se me ocurre qué podría decirle; cuando me detengo,
él se detiene; y luego continúa al verme hundir el remo nuevamente en el agua. Su piel es oscura, su
mentón prominente, sus brazos fuertes. Quizás sólo sea un hombre de circo practicando su acto
rutinario. ¿Quién más podría ser? No quiero compañía; aprovecho una bifurcación del río y lo
pierdo de vista.
Una bandada de patos sobrevuela ahora el río, no es la primera vez que viajan juntos; cada año se
reúnen en un bar, se despiden de sus mujeres y escapan del invierno duro del norte, entonces llegan
a mi pueblo donde encuentran abundante comida y algo de sol. En el parque, junto al lago, los niños
se encargan de alimentarlos arrojándoles torpemente migas de pan; ellos se acercan tanto que a
veces pasa que los niños se asustan y lloran. Si pudiese marcarlos de alguna forma, atar a sus patas
una cinta o un trozo de cuerda, estoy seguro que los vería regresar al año siguiente, más viejos,
quizás acompañados de otros patos jóvenes, pero ahora, al verlos volar los reconozco, su vuelo es
seguro y preciso. Hacía diecisiete años que no llegaba la carne a Sancti Espíritus; la gente la
conseguía de algún modo –no es que nunca hubiesen vuelto a comer carne–, la compraban a
sobreprecio, en bolsa negra, pero hoy abrieron nuevamente la carnicería. De alguna manera se
corrió la voz. Se escuchó el sonido de la puerta metálica enroscándose junto al techo, el cuchillo
afilándose, voces, música en la radio, cascos de caballos contra los adoquines, la armónica
inquietante del amolador de tijeras, murmullos; la noche en retirada, en marcha atrás, entre los
portales, sobre las matas de plátano, sobre la puerta de la iglesia, sobre el campanario;
despidiéndose de las batas de casa, de las velas y de los tibores. Falda, carne de segunda, hígado y
pellejo. Fiesta de moscas, perros rondando, la cola amaneciendo entre jabas de yute y patas de
espejuelos atadas con esparadrapo. ¡Qué bien caería ahora un cafecito! Una enorme laja sobresale
del agua, el río se arremolina suavemente a mi alrededor, aguas separadas por el destino; sombra
mansa donde los peces descansan del continuo lleva y trae de la corriente. Es la primera vez que me
detengo. Tras la roca se ha formado una especie de ensenada donde el agua reposa, una poceta
natural alfombrada por cientos de piedras rodadas. Me hundo hasta la cintura en el río.
–¿Cómo te llamas? –le pregunto al oído.
–Tengo nombre de mujer –me responde y un destello del sol sobre el agua me ciega la vista por un
instante.
–No quisiera continuar mi camino sin antes conocer tu nombre –insisto–, sobre todo ahora que mi
cuerpo descansa agradecido dentro de ti.
–¿De qué te serviría? Sólo puedo decirte que no estamos juntos por primera vez…
–¿Ya he estado aquí antes?
–Nunca.
–¿Entonces?
–No puedo decirte nada más…
–¿Adónde me llevas?
–¿Por qué has tardado tanto? –murmuró el río y siguió de largo.
Fueron sólo unos minutos; cuando abrí los ojos nuevamente, el río me pareció mucho más
caudaloso, la corriente más fuerte, el sonido del agua mucho más intenso. Agua apresurada,
huyendo despavorida, en estampida, hacia un sitio seguro, que todos conocen –árboles, insectos,
piedras, flores– pero que por alguna razón me ocultan. Tardé unos segundos para adaptarme a esta
nueva visión. Mi bote flotaba a mi lado, noté que aún conservaba ese olor a nuevo que traen las
cosas de la fábrica y que sólo desaparece con el tiempo y el uso. Mi balcón da a 21, es un edificio
de tres pisos, azul, simple, simétrico. Estoy seguro de poder saltar a la calle desde aquí, no tengo
dudas, escapar desde mi balcón, ponerme unos tenis y saltar sobre la hierba del portal de Isabel. No
tengo miedo. Salir andando como si nada, a merendar al Tencent, a curiosear un rato entre los
mostradores o a coger tan sólo un poco de aire acondicionado. Desde el balcón de mi vecino todo es
diferente; la acera parece más lejana, siento que sería peligroso saltar desde allí, aun si me colgara
de mis brazos para acortar la distancia hasta el suelo, siento que sería peligroso. Me tumbo de
espaldas sobre el piso y el frío de la losa me detiene por un segundo, tan sólo un segundo, cierro los
ojos y así puedo aminorar un poco el intenso dolor de estos afilados puñales en mis costillas. La
olla refunfuñando en la cocina, a punto de explotar, una locomotora que se acerca y yo sin nada que
hacer, atado fuertemente a esta vía de raíles helados, sobre cientos de secretas palabras rayadas a
escondidas con la punta de la tijera sobre las caprichosas formas del granito. Me descalzo, trepo por
las paredes y camino un rato por el techo en plantillas de medias, aquí junto a la lámpara me
detengo; abro por fin mi caja de bolas, las riego todas de un golpe, cientos de ellas: tiritos, cuatro
paletas, los bolones, las negras, las de las damas chinas, hasta los cáncamos. Suena el timbre. Todas
juntas al patio. ¡Es la hora del recreo! Un aguacero repentino de perfectas gotas, algarabía
incontrolable de colores, todas rodando y corriendo como locas, gritando, chocando entre sí,
saludándose, halándose los pelos, riendo y deteniéndose al fin sobre la tela de una araña, sobre una
grieta. La libertad. ¡Oh la libertad! De un solo intento logro ensartar la aguja. Hoy cambié una
goma de olor, unos sellos del cosmos que tenía repetidos y una ramita de coral negro por una pluma
que al girarse viste y desviste a una hermosa bailarina hawaiana. Ahora me mira y sonríe, entra
lentamente al río, está tan cerca de mí que a veces me roza con sus senos, tiene una flor rojo fuego
atada a su pelo y unas caderas muy anchas que mueve de un lado a otro aprovechando la cadencia
propia de la corriente del río. Su pelo en el agua es una serpiente viva, sus labios el lugar sagrado
donde esconde su letal y exótico veneno. Mamey colorado, mango filipino, anón, tamarindo; de sus
dedos proviene esta música divina, danzan ante mis ojos enredando al viento, confundiéndome.
Marimba y arpa. Ombligo rebosante de colonia. Nuez moscada, canela, extracto de menta.
Tu nombre cubierto de miel de abejas, un mechón de tu pelo, un huevo estrellado en la esquina, a
los pies de la Ceiba, de noche, a escondidas, olor a plátanos podridos, trapitos rojos, un pollo prieto,
Oyá, Obatalá, Ogún.
–¡Hum! Necesita un cambio de vida.
La negra Rosario logró pasar bajo su blusa una paloma viva. Creo que los médicos y las enfermeras
lo notaron pero se hicieron de la vista gorda –cuando la ciencia no funciona hay que recurrir al
espíritu–. Con la vida de un hijo no se juega. Caminatas al Rincón, ropa enterrada al final del
cementerio, Amelia Goyri de la Hoz, sacrificios de chivos, gallos estrangulados, misas, flores
blancas y rojas. ¡Ayúdelo Santa Bárbara!, mire que se trata de un hijo legítimo suyo, no lo
abandone ahora. Está colando la cafetera en la cocina; se escucha el burbujear del café. El olor
atravesando los muros, las ventanas, los muebles, la piel; deteniéndose al fin sobre una palabra sola
de “Los pasos perdidos”.
Ya no tengo almendras. El sol a mis espaldas. Hay miles de hojas secas en el suelo de mi bote. Me
recojo los pantalones hasta las rodillas; son unas piernas estupendas, fuertes. Bebo un trago largo de
vino, lo bebo todo, acabo la botella, luego la sumerjo en el agua. Poco a poco el río ocupa su lugar y
el aire regresa al fin al aire y viejas lágrimas saladas son devoradas entonces por la juventud
inexorable de la corriente. La veo alejarse, perderse en la oscuridad de las rocas, entre las
temblorosas algas.
Soy un experto remero. Remo con serenidad, con firmeza, en silencio, cortes limpios y profundos,
la vista siempre al frente, serio. Parezco un indio en su canoa de cuero con su penacho de plumas de
águilas.
“Hombre que se aleja”
“Hombre que abandona su vida”
“Luna que ríe”
“Sombra que vuela”
El ventilador gira de izquierda a derecha, cada vez que llega a un extremo se detiene por un
instante, luego continúa su viaje sin sentido, su vigilia marcial. Atrapa en sus aspas todo el polvo
del cuarto, insectos; enreda mi alma tibia del sol de todo el día y me la devuelve cada seis segundos
sobre una brisa fría, como la última sonrisa de un agraviado duelista sin maña y sin suerte. Dejo
pasar el tiempo. ¿Qué más podría hacer? Un avión sobrevuela mi cuarto. Una lucecita roja
intermitente se mueve en el cielo oscuro, más allá de la tela metálica, entre las ramas aún más
oscuras de la mata de guayaba, en línea recta, atraviesa las frutas como un voraz gusano y se oculta
al final entre las nubes grises. Entre el humo de este maldito cigarro. En su interior hay frío. Mucho
frío.
El río gira abruptamente a la derecha; trato de mantenerme al centro. Así me siento más seguro.
Un puente abandonado interrumpe el camino; sus enrojecidas patas de hierro penetran desde hace
muchísimos años al agua indefensa; sus sombras –filosas y serias– atrapan bajo sus ángulos a las
amables sombras de los árboles. Resignación y gloria. Cansancio y muerte. Fantasmas de viejos
trenes vagando aún sobre esta armazón en ruinas; humo y ruido que intimida y asusta. Tiemblan los
pilares de hierro remachados, tiemblan los peces y las rocas más sólidas. ¿Por qué no habría de
asustarme yo al pasar por debajo de este puente?
De cincuenta y cuatro pasajeros sólo murieron ellas dos. El cuerpo de Noemí quedó aplastado de la
cintura hacia arriba como una galleta; hubo que componerle el rostro guiándose por una fotografía,
atando mechoncitos de pelo a alfileres y encajándolos luego bien juntos unos de otros a su cráneo.
Aurora parecía dormida, sosteniendo un ramo de rosas blancas entre sus manos, el solitario de oro y
diamante fundido a sus dedos. El dedal cayó al suelo. Todos lo escuchamos. Interminables
campanadas nupciales. Empalagoso olor a guarapo y a aguardiente de caña. El pueblo entero en
silencio, lloroso; saludando desde el portal: los hombres quitándose el sombrero, las mujeres, todas
de negro, cerrando los ojos y los abanicos. Soplando al final su flauta de dolor y fuego el Central de
los Gómez-Mena. En mi celda no corre nada de viento. La pared este se calienta tanto durante el día
que en las tardes es imposible recostarse a ella; cuando la luz desaparece del todo, me acuesto y
pienso en una manera de escapar de aquí. En mis planes –que a veces parecen más sueños o
visiones delirantes que reales estrategias de fuga– termino siempre amigándome con el carcelero y
éste me deja la puerta entreabierta y yo corro sin parar hacia los árboles, donde me espera una liebre
gigante, amiga de un sultán que me debe un favor y juntos nos adentramos en el bosque. En la
mañana cuadriculo la pared, utilizo un lápiz y una pequeñísima regla de madera. Estoy ampliando
un mapa del mundo. Mi modelo es una ilustración antigua del “Diario de Navegación” de Cabeza
de Vaca; en el dibujo original está trazada con una línea roja la ruta seguida por el navegante y hay
un escudo de España lleno de arabescos en la parte inferior derecha escoltado por dos galeones
acañonados y un texto ilegible pero hermoso donde cifras que parecen ser años se trenzan
desbordadas de ornamentos con algunas palabras en desuso. No hay mucha luz aquí. En mi
reproducción he obviado estos detalles y he incorporado, en lugar del escudo, una sirena
emergiendo del océano con un arpa y una cabellera repleta de rizos dorados que cubre en parte la
procaz belleza y libertad de sus senos. He oscurecido los contornos de los países y los he degradado
hacia el centro, continente tras continente. Dejaré todos los nombres para el final. Dibujaré unas
ballenas cerca de Alaska o quizás sólo sus colas ocultándose en las aguas frías del Ártico entre dos
olas gigantes o junto a dos témpanos de hielo. Aún no lo sé. El dibujo de Cuba está algo falseado;
más que a un flacundengue cocodrilo recuerda a una morsa regordeta y no aparece la Isla de Pinos
por ningún lado. Imagino que los demás países estarán también llenos de errores, pero no puedo
hacer nada para solucionarlo. Debo conformarme. Mejoraré a Cuba de memoria y añadiré a la Isla
de Pinos frente por frente al surgidero de Batabanó. Más no puedo hacer. El mundo de pared a
pared; un antiguo pergamino de grafito tallado durante meses sobre la roca tibia de mi celda, frente
a mi cama de hierro remachada y enrojecida.
Escupo un insecto al río, voló sin suerte hasta mi boca. Un pez lo atrapa y lo devora al instante, se
mueve rápido sobre la superficie, lo traga junto a mi saliva y desaparece bajo el bote. Creo que
esperaba este momento. Escupo nuevamente y sigo con atención la suerte de mi saliva sobre el
agua. Finalmente se desvanece. Una ardilla cruza a toda carrera la calle; no se detiene; quince pies
de asfalto oscuro y ardiente.
“Lo único que quiero que me mandes es un reloj-fosforera; nada más; ni ropa ni nada; un reloj que
al apretarle un botoncito sirva también como fosforera.¡Ah!, y un juego de cartas plásticas, para
poder lavarlas cuando se me ensucien, que me duren…”.
Las orillas son ahora unas paredes pendientes y cortantes, exactas, altísimas. Parecen dos trozos
separados de un mismo cake. Suelo, subsuelo y manto de rocas. De la tierra sobresalen muchísimas
raíces enredando consigo piedras y troncos; atrapándolos para siempre en un libertino coro de
reptiles y pólipos; despeinadas cabelleras batidas sin prisa y sin viento, escapándose del silencio y
la frialdad del interior de la tierra, entregándose al sol, saludando al río, o quizás, quién podría
asegurarlo, conversando con sus vecinas de enfrente o tan sólo entristeciéndolas o amándolas. El
río: un puñal afilado que busca el mar, que se ofrece. Abriéndose paso entre la tierra que lo vio
nacer, con desenfreno, con odio; para rendirse luego, indefenso y cansado, al océano insolente que
lo inundará de sal, de millones y millones de lágrimas.
Dejo de remar. Me pareció escuchar voces. El viento puede acercarnos las voces. Las palabras
pueden viajar enormes distancias montadas en pequeñas porciones de viento, se suben a éste en un
descuido y tratan de domarlo hincando las rodillas en sus costillas y tirando con fuerza de sus
orejas. Cuando escuchamos voces es porque el viento no logró sacudirse las palabras a tiempo y
seguir en solitario y maldiciendo su alocado camino; de lo contrario sentimos un gran silencio y
sólo escuchamos de vez en cuando el sonido de las hojas rozándose entre sí tras una suave brisa.
Mis brazos, mis piernas, mi nariz, mis ojos. Teclas absolutas de su piano de cola; concierto para
corazón, carne y orquesta. Sus dedos gravitando sobre mi alma, allá por los balcones, encima de la
orquesta, detrás de las cortinas. Glinka, Balakirev, Arensky, Mussorgsky, los rusos y su pasión. El
silencio atroz. La noche y el miedo a la noche. La oscuridad abrumadora. No se mueve ni una hoja.
Empieza el noticiero. Ahora amanece más temprano. Tengo sed. Tengo tos, una tos seca. Tengo
sueño. Tengo frío. Tengo unas ganas inciertas de besarla. Tengo hambre. Tengo una pierna
acalambrada. Tengo cosquillas y cansancio y gripe y deseos de jugar al Monopolio mas no puedo
moverme. Ella no lo sabe. No sabe nada de mí. ¿Fue a Lay al que enterraron vivo? Levanto una
piedra de la tierra. Millones de hormigas asustadas corriendo en todas direcciones, cegadas por el
sol, aterradas. Nada será igual, devuelvo la piedra a la tierra pero ya nada es igual. La siento
marcharse. Lleva consigo el ramo de rosas que le regalaron. Ya todo estaba preparado de antemano.
El sonido del celofán arrugándose entre su cuerpo y las flores. ¡Cuánta clase! ¡Cuánta reverencia!
Las cortinas que se cierran al fin. El cañonazo siempre puntual al otro lado de la bahía. Esquirlas de
humo y marfil. Ciencia y salud.
El sol sobre el horizonte, una liebre en la nieve, una estampida salvaje de bisontes, un lince,
flamingos volando, la comadreja y el águila poderosa, embestida de cuernos como astas, el aullido
del lobo y su libertad. Rodríguez de la Fuente. Vuelvo la vista atrás: el puente, las nubes sobre el río
tintineante. Un disparo mortal anuncia la salida. Es un bote ligero, va cortando el agua entre los
gritos enloquecidos de la gente. Las orillas están repletas de personas que me aclaman. He fijado la
meta junto a un tronco caído. Voy dejando atrás a mis rivales. Una y otra vez registro en las
gavetas: moterita de flores, alfileteros, botones de colores, pendientes sin parejas, pomadita china,
recordatorios de bodas y bautizos, primera comunión, abanico de nácar, un colmillo de gato, una
peonía.
La Esfinge en primer plano, Keops, Kefren y Micerinos, el viento separa el tapiz de la pared a cada
rato, el sol ha desteñido sus colores originales, una caravana de camellos atraviesa el desierto, son
gigantes, desproporcionados. Las pirámides han perdido el color y su misterio, Egipto colapsa sobre
mi cabeza, sobre la guata a borbotones de los muebles rotos. Gotas de azogue rodando por mi
mano, se dividen y se juntan nuevamente, sin huellas ni rencores. Un imán partido por la mitad.
Mes tras mes, una pantera amarilla de porcelana ruge sin cola sobre dos billetes de veinte donde mi
padre con una ametralladora al hombro, y seguido por otros guerrilleros, desembarca en Oriente
para liberar a Cuba.
Es verano. Hay un camino que sube y baja en armonía con la primera línea de árboles que
acompaña al río. Las ramas, delgadas y flexibles, están repletas de hojas; las de un verde más claro
y brillante son las más jóvenes y osadas, a punto de meterse en el agua, cabeza y todo; y las otras,
más serias y adultas, ensombreciendo el camino de tierra y polvo donde amanecen sobre las plumas
perdidas de los patos y las depuestas púas de los erizos, las huellas diminutas de los gatos salvajes.
Camino sin orden y sin trampas. Amorosos despojos de las plantas y del cielo, amalgama de vidas
diferentes y quizás… ¡quiéralo Dios!... eternas. Sube y baja el camino cualquier día del año.
Llueva, truene o relampaguee, el camino nos devolverá a casa. Si queremos marcharnos del todo
debemos alejarnos de los caminos. En lo más alto del árbol hay un baúl. Dentro del baúl, una liebre.
Dentro de la liebre, un pato. Dentro del pato, un huevo. Dentro del huevo, una aguja y en la punta
de la aguja una niña de trece años penando de amor.
La luz cambia sin avisar; en un segundo, la sombra protectora y fiel que me acompañaba
desaparece; las orillas se pierden de vista, cada una por su lado, encerrando al agua, acorralándola
dentro de un círculo gigante, inabarcable. Dejándome solo y de repente frente a este mar dulzón y
llano como un plato de sopa fría. No esperaba tanta calma; calle sin salida, laberinto sin suelo,
paredes ni techo. No quiero remar. He cruzado los remos sobre mis piernas. Algunos roces
inevitables contra las piedras han rayado la pintura original. Recojo agua con mi mano y refresco
mi nuca y mi cuello. Me alegra que el remo haya perdido un poco la pintura. ¿Qué debo hacer? La
corriente del río era mi guía, me mostraba el camino; ahora me abandona. No es su culpa. También
ha sido embutida por la calma aborrecible de este lago. Nada pudo hacer. Le tomó de sorpresa.
Flores marchitas, racimo de guisazos en un jarrón de ópalo, dormilonas caprichosas y esquivas. El
sol hace explotar las vainas más secas en el mismo orden en que las he ido humedeciendo con mi
lengua, a gatas, a la sombra brusquísima de los muros espesos del Ministerio de Cultura. Fatiga
imparable, huesos de animales blanqueados por aconsejados baños de luna y sereno y por la sal de
las constantes mareas. Plaza del Parque. Paseo Tablado. Avenida Illinois. Ochenta, noventa y
cuatro, sesenta.
En el centro del lago un anciano pesca con su perro sobre un bote de aluminio, abollado y
descolorido. Una lata oxidada medio sumergida en el agua, medio a flote. Entre el hombre y el
perro hay una montaña de ropas y mantas emburojonadas dentro de cajas de madera y bolsas de
plástico y una bicicleta patas arriba con las ruedas enfangadas, unos rollos de soga, una caña de
pescar sin montar, más cajas y más bolsas de plástico. A su alrededor la niebla se arremolina
despacio; recorre sin prisa cada pliegue de tela, cada arruga en la carne, cada herramienta inútil,
cada rendija del desmantelado bote. Una cerca de humo aislando en su interior a la pareja del resto
del mundo. Estoy a sólo unos metros del anciano y de su perro; la niebla me olfatea recelosa y se
aparta de mala gana dejándome pasar.
–¡Deja de ladrar Duke que alejarás a los peces! –gritó el viejo sin levantar apenas la vista del agua.
–¿Buena pesca? –le pregunto–. He visto unos peces enormes río arriba, no sé exactamente qué tipo
de peces eran, no conozco mucho de peces.
No me acerco demasiado, no deseo provocar al perro ni mucho menos interrumpir la pesca.
–¿Sabría usted decirme como encontrar el cauce del río nuevamente?
–¡Duke, cállate de una vez! –repitió el viejo recogiendo de mala gana el sedal–. ¿Río? ¿A qué río se
refiere, amigo mío? No sé de ningún río, excepto Amarillo a las afueras de Quibooke, a dos días y
dos noches de aquí, y dudo que pueda usted hallarlo sin antes abandonar este lago y tomar
nuevamente la carretera por donde vino.
No quise contradecir al anciano, el perro no dejaba de ladrar y entablar una conversación era casi
imposible. Tal vez estuviese un poco chiflado, pensé. ¿Cómo ignorar la existencia de este río? Entre
ladrido y ladrido se podía escuchar claramente el sonido de la corriente detrás de los árboles.
Seguramente al anciano no le funcionaba bien su cabeza.
–Duke me acompaña siempre; no lo abandonaría por nada del mundo. A un amigo no se le
abandona – continuó diciendo el viejo con la mirada aún fija en el agua–. Vengo cada día a este
lago y cada día me acompaña Duke. El primer pez que sale del agua siempre es para él. Si cayera al
agua y quedase atrapado por alguna rama estoy seguro de que Duke no dudaría un solo segundo en
arrojarse por la borda y arriesgar su vida por mí; se lanzaría al agua sin pensarlo, me atraparía por
acá, por el cuello, y me subiría al bote. Así son las cosas. ¿Cómo abandonar a un amigo así? Duke
es hijo de Bob, un perro enorme que murió aplastado por la locomotora del tren, frente por frente a
lo de Irving. Le encantaba ladrarle a los vagones; se acercaba demasiado; la gente le tiraba cosas
desde las ventanas. Lástima, pues era un gran perro el padre de Duke. Hay perros que han esperado
a sus dueños en el portal de la casa toda una guerra y han muerto de tristeza cuando sus dueños no
han regresado, bien si han muerto en combate, bien si han pisado una mina. Y otros han recorrido
cientos de kilómetros hasta encontrar a su dueño herido en el campo de batalla y han lamido sus
heridas y les han sanado. Los amigos son para siempre. En una ocasión sólo pude pescar una
trucha, como de dos libras y media. No siempre es así. Este lago ha sido generoso conmigo y con
Duke. Se la lancé a Duke. Como siempre, la atrapó en el aire, la zarandeó un poco, pero no se
atrevió a comerla y no la comió hasta que la corté en dos y agarré mi parte. Así son las cosas. Lo
compartimos todo. Nos cubrimos con la misma manta. Martha nunca lo soportó. Cuando llovía y
Duke entraba en la casa con sus patas enfangadas, Martha lo echaba afuera, le lanzaba un zapato o
lo que encontrara. Lo echaba de nuevo a la lluvia. En una ocasión le lanzó una botella de brandy
vacía; por suerte no le alcanzó y fue a estrellarse contra el retrato de su padre en uniforme militar en
la guerra de España, que se hizo añicos. Martha se enfureció mucho esa vez; más por el retrato roto
y los vidrios sobre el suelo que por las huellas de Duke en el hall. Estoy seguro. Yo me alegré de
que ella volviera con su madre. Creo que no estábamos hechos el uno para el otro. Tuvieron que
amputarle un seno hace tres años y tuve que cuidar de ella un par de veces. ¿Y a que no me adivina
quién no se movió de los pies de su cama ni un momento? ¡Duke! Así son las cosas. Cuando
mejoró me pidió que volviese con ella y que sacara a Duke nuevamente de la casa y le dije que yo
también me iría y hasta el día de hoy no hemos vuelto a saber de Martha. ¿Verdad, Duke? No
hemos vuelto a saber de ella. ¿A usted le gusta jugar a las barajas?
El perro deja de ladrar. El ligero telón de silencio y niebla anuncia el final del primer acto. De
detrás de la cortina se escucha un chapoteo sobre el agua, la caña de pescar se dobla a punto de
quebrarse, la línea se tensa, los ojos del viejo parecen dos espejitos reflejando un fuego inapagable,
brillan encendidos entre la niebla. Le tiemblan los músculos de los brazos, las piernas. Rechina los
dientes. Yo remo sin mirar atrás mientras el perro se lame indiferente la punta rojiza de su pito.

Carlos Michel Fuentes, ANABAH

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