viernes, 19 de junio de 2009

TESTIGOS DEL SILENCIO (II)

José Bedia, Donde quiera que vaya así será, 1992, oleo / lienzo, 158,7 x 195,6 cm

El arribo del grupo Volumen I, en 1981, significó una gran renovación estética para el arte cubano, al centrar su interés en la experimentación con los lenguajes artísticos y revitalizar una pasión vanguardista muy activa durante la primera mitad del siglo y temporalmente trunca durante los años 70, a resultas de la nueva política instaurada por el tristemente célebre Congreso de Educación y Cultura.

La obra temprana del grupo (primer quinquenio de los 80) aún tendrá un sello internacional demasiado evidente, pero sus ulteriores producciones artísticas irán ganando un grado considerable de originalidad y madurez, en la segunda mitad del decenio; coincidiendo con una nueva promoción de artistas (encabezada por el grupo Puré) cuyo trabajo se caracterizará por el frecuente reflejo de temas populares y el uso de una variada iconografía, tomada indistintamente del humorismo gráfico, el arte naif, la propaganda gráfica política, o el kitsch popular; todo ello a tono con la cuerda posmoderna que dominó la escena internacional por esos años.

Lázaro Saavedra - de la serie Metamorfósis

También se desarrolló otra vertiente investigativa más orientada hacia lo antropológico y etnológico, que tuvo como precursores a Juan Francisco Elso, José Bedia, Leandro Soto y Ricardo Rodríguez Brey -de la generación de “Volumen I”- quienes tomaron como referente diversas expresiones culturales “primitivas” y tradicionales, tanto afrocubanas como del resto de América.

Pero más allá de estas dos vertientes básicas, el arte cubano contemporáneo resulta bastante monolítico -aunque no nonótono-, pues tanto el arte que habla de política y sociedad como el que habla de tradición, folklore y religión, lo hacen desde un marco temático inequívocamente cubano. Sólo nos vienen a la mente unas pocas excepciones a esta regla entre los artistas de los 80: Consuelo Castañeda, Carlos A. García, Humberto Castro, Moisés Finalé y Arturo Cuenca.

Consuelo Castañeda

Nos atreveríamos a hablar pues de una escuela cubana, que si bien tiene algunos rasgos comunes con la de Nueva York, sólo compartirá con ésta el fuerte sesgo conceptual y el gusto (excesivo a finales de los 80) por la inclusión de textos.

Pero hay un rasgo distintivo de esta escuela, que se debe más a ciertos ejercicios pedagógicos concebidos por Luis Camnitzer y aplicados en el ISA desde 1987 por José Bedia y otros profesores: un estricto control semiótico sobre los signos empleados en la obra. De tal grado, una pieza clásica de la escuela cubana siempre enunciará su cubanidad de un modo más o menos emblemático, y siempre tendrá un contenido claramente legible, dada la manera en que se privilegió la función comunicativa en el periodo de crítica social más agresiva (finales de los 80, comienzos de los 90), aunque tal énfasis hoy parece desplazarse a otras funciones como la hedonística, a medida que nos adentramos en la década, se aproxima el fin de siglo y se sigue profundizando la crisis política y económica del régimen cubano.

Tal circunstancia imprime a las producciones recientes un mayor grado de ambigüedad temática y una factura de pretensiones preciosistas que tienden a sublimar sus contenidos, dorando los continentes. Efectiva receta para alejar los problemas con la censura y atraer los favores del mercado.

Pero resulta imposible describir un fenómeno estético y social tan complejo como el arte cubano actual en estas pocas líneas cuyo sólo objetivo es introducir el tema. Dejemos, pues, hablar a los artistas, cuyas voces se acercan ya.

Rafael López-Ramos
La Habana, verano de 1995 - Vancouver, verano de 1999


3 comentarios:

Laberintos dijo...

Muy buen análisis

R.L.R. dijo...

Gracias, Laberintos. Muy bueno tu blog.

Anónimo dijo...

muy bueno, pero me perdi. Donde esta Ariadna?

Quien Tu Sabes