miércoles, 27 de julio de 2011

MÁQUINA Y NATURALEZA

La escultura de Alberto Replanski

Redacté la primera versión de este artículo en 2006 aun viviendo en Vancouver, y fue propuesto entonces a la revista ArtNexus que declinó publicarlo. Recientemente, y a varios años de fallecido Replanski, lo propuse a Arte al Día con igual resultado. Cuelgo aquí pues éste en homenaje a la memoria del amigo y a su gran obra, alzando metafóricamente una copa de Malbec mendocino.

A partir del decenio de los sesenta, el arte público o escultura monumentaria comenzó a ensanchar sus fronteras conceptuales y formales, bajo el influjo de las muy diversas prácticas del Arte Contemporáneo. El trabajo del escultor argentino-canadiense Alberto Replanski (1939-2008) dentro de esa altamente visible tradición, además de ser extenso y sostenido, de algún modo encarna en sí mismo la constante renovación experimentada por todo el género en dicho periodo.

Tras una sólida formación en importantes instituciones argentinas como la Escuela Superior de Artes Plásticas (1962) y la Academia de Arte La Carcova (1970), Replanski inició su práctica en el terreno de la escultura pública con una obra realizada en un estadio deportivo para la Copa Mundial de Fútbol que auspició Argentina en 1978; tras un intervalo de diez años experimentando con otros medios y lenguajes, continuó con la pieza HRM para Artspace (Ciudad de la Paz y Amenábar, 1989) y El Estudiante (Universidad de Belgrano, 1990), todas en Buenos Aires. Cuando en 1992 se establece con su familia en Canadá, su creación en el terreno del arte público se insertará en una estructura institucional, especialmente diseñada para promover y regular dicha práctica (tan estrechamente vinculada al urbanismo), en grado proporcional a la alta importancia que esta posee para toda nación joven, activa productora de nuevas urbanizaciones, una fiebre que las empresas constructoras frecuentemente transmiten también a los viejos espacios metropolitanos, en su afán por redefinir, reinventar (e invertir en) estos.

La primera obra pública canadiense de Replanski fue The Kildonan Settlers (1992), emplazada en Winnipeg, Manitoba, donde se afincó inicialmente con su esposa e hijos. Pocos años más tarde se mudan a Vancouver, donde produce Articipaction (1996) para el Arbutus Shopping Centre. Estas piezas, mayormente realizadas en piedra dentro de un canon abstracto-geométrico (excepto la primera, que recurría a un lenguaje figurativo y naturalista, más acorde con su tema y locación), dan paso a una prolífica etapa en la que arriba a nuevos conceptos, fruto de la propia evolución interna de su trabajo, y accede a una dimensión bastante cercana a eso que llaman madurez artística. Esta nueva orientación se comienza a evidenciar en Harmony, proyecto ganador del concurso convocado en 1998 para ambientar una pequeña plaza frente al Richmond Financial Centre.


Harmony es una estructura vertical de 8 pies 6 pulgadas de alto que combina dos sólidas piezas de granito gris -enlazadas por una plancha de acero- cuyas líneas exteriores se complementan mutuamente, creando una dinámica y ardua relación de planos y líneas de fuerza entre la base y la cúspide, rematada por un semicírculo de acero que complementa otro de mármol blanco. La conjunción de ambos forma un círculo, en expresión iconográfica de una rueda o cilindro mecánico, que hace explícita una dualidad semiótica: su mitad metálica, revestida de connotaciones industriales, posee en el centro un orificio que invita nuestra imaginación a insertarle un eje virtual; mientras la otra sección, más arquitectónica y marmórea, es rematada por unas floraciones de sabor Deco que refieren por igual a la naturaleza y a la sensibilidad modernista. En esta doble metáfora Replanski logra cuajar su propia visión estética que reformulará de diversa manera, a través de su obra reciente. Esta parece dirigida a examinar la conflictiva, retadora y, también a veces, contradictoriamente armónica convivencia de los vestigios del periodo industrial con la naturaleza remanente en nuestra era post industrial, marcada por la revolución informática que, además de un vertiginoso trasiego comunicativo, también nos ha traído nuevos medios de representación gráfica y textual.

En su monumental proyecto Múltiplos de Tres (8' x 90' x 3' 6", 2002), Replanski lleva la dicotomía Máquina-Naturaleza a otra dimensión y nivel de síntesis, en una forma aun más orgánica con el concepto urbanístico en que se inserta el proyecto. En este caso, el artista sustituye el mármol y la piedra, como referentes de la Naturaleza, por el propio entorno verde para el cual fue concebida la obra, ganadora del concurso convocado por la ciudad de Surrey (otra municipalidad de Vancouver) para el Meagan Anne MacDougall Park. Cada una de las tres enormes y pesadas planchas de acero galvanizado, se subdivide a su vez en tres piezas, todas quedan alineadas sobre el césped, en una especie de progresión geométrica, o cabalística, que estuviese encaminada a edificar un castillo de naipes de acero sobre el limpio telón de fondo que forman los pinos y la montaña, como queriendo subrayar cuán contrastante resulta el rojo del óxido contra los verdes y azules del planeta.


En el 2003 Alberto Replanski participó en la Toyomura International Sculpture Biennale, Japón, con Metamorphosis (16" x 12" x 8"), una pieza relativamente pequeña, que recuerda esas grandes obras de música de cámara que han trascendido el tiempo, a pesar de su aparente pequeño formato. En evidente alusión al relato kafkiano, el artista armó una intrincada estructura que combina el mármol, la piedra y el metal proveniente de las piezas de una vieja máquina de escribir, lo cual añade una nueva arista al significado que otorga a este material en otras obras. Las piezas de la máquina de escribir se funden con el discurso literario del atormentado escritor checo-judío, los vástagos de las teclas parecen agitarse frenéticamente, evocando la ficción de pesadilla, a Gregorio Samsa y sus múltiples patas de coleóptero.


Durante el mismo año 2003 crea otras dos piezas en las que regresa al tema máquina-naturaleza, independientemente de los materiales y función específica de cada una. Portals of the Future (7' x 2' x 2'), esculpida en piedra caliza, fue parte de un proyecto colectivo realizado junto a un grupo de sus alumnos para ambientar un bucólico parque enclavado en River Road, Richmond. Su maciza estructura vertical, aunque resuelta con un material natural y clásicamente escultórico, posee un diseño abstracto cuyas líneas evocan bastante claramente -en otra vuelta de tuerca modernista- las formas tecnológicas y futuristas enunciadas en su título. La otra obra es Mecanical Bird (mármol, hierro fundido y madera tratada; 6' x 4' x 2') y en ella Replanski vuelve a combinar la cruda poesía del objeto encontrado con la nobleza de los materiales escultóricos más tradicionales. El mármol, esculpido en referencia iconográfica -que no realista- al ave, corona la composición que se apoya, en arduo y grácil equilibrio, sobre dos piezas semicirculares de madera cubierta con pátina de óxido metálico, y calzadas a ambos lados con objetos reales, aplicando el mismo método con que usualmente inmovilizamos los neumáticos del auto averiado para evitar que se deslice.

En la producción de Alberto Replanski durante el 2004 sobresalen tres obras en las que persiste esa operación apropiativa, a un tiempo duchampiana y posmoderna, en las que vuelve a reciclar no sólo piezas de viejas máquinas fuera de uso, sino también fragmentos de tradiciones culturales específicas, como es el caso de Homenaje al Balero (mármol, metal y fibra vegetal, 7' x 10" x 10") en la que integra una vieja columna, de aire neo-clásico, rescatada de alguna demolición, con el juguete tradicional argentino consistente en un mate seco con un orificio orlado de tachuelas y unida por un cordón a un cabo de madera. Por su parte, Sophia (hierro fundido, granito y acero, 9' 6" x 3' x 3') está dedicada a la nieta que le nació ese año y fue construida en una suerte de euforia creativa usando la armazón de un motor desechado por un taller de barcos vecino a su estudio en Steveston -poblado fundado por pescadores a la orilla del río Fraser- sobre aquella compuso una majestuosa estructura en que intercaló los metales y el granito en una secuencia ascendente que confiere al conjunto una cierta espiritualidad gótica.


La otra pieza concebida por el artista en ese año fue el proyecto ganador del concurso internacional convocado por el Estado de Louisiana para el Memorial a los bomberos fallecidos el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, que terminó de instalar en febrero de 2006 en el State Fire Marshall Building, de Baton Rouge. La premisa fundamental de la convocatoria era que el monumento integrara un fragmento de viga original de las Torres Gemelas, detalle totalmente coherente con la poética reciclante de Alberto, que se vio reflejado en una propuesta que impactó unánimemente al jurado, la tarde que le tocó mostrar la maqueta y fundamentar su proyecto. El monumento es sostenido por dos grandes bloques de piedra, de 9 pies de alto, dispuestos paralelamente a ambos lados de la viga, que descansa horizontalmente, de atrás hacia adelante, a una altura que puede ser tocada por una persona de estatura regular, lo cual crea también un espacio interior transitable, iluminado desde abajo. Los laterales, revestidos con dos planchas de metal de 11 pies de alto, crean líneas dinámicas diagonales hacia delante, que en la vista frontal son complementadas por travesaños de acero inoxidable, en sencillas formas geométricas que sugieren un águila con las alas extendidas, sosteniendo la viga entre sus patas.

Por su complejidad formal y conceptual -además de su belleza y dimensiones físicas- este es el proyecto más importante que realizara Alberto Replanski, un artista latinoamericano que logró reinventarse a sí mismo y su obra, a fuerza de talento y voluntad, en los meandros no siempre plácidos de la experiencia migratoria, tipificando ejemplarmente esa clase de artista que la curadora española Menene Gras Balaguer hace unos años definió como atravesado, aludiendo su capacidad para vivir y crear tendido como un puente entre dos culturas, entre el pasado y el presente -o mejor aún, entre el presente y el futuro.

Rafael López-Ramos

(más información en
www.albertoreplanski.com)

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